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LA FÁBULA ISLANDESA

mayo 4, 2010 by  

Más allá de la nube volcánica que ha envuelto a Islandia -y a media Europa- de forma recurrente durante la primavera, convirtiéndola en protagonista involuntaria en todos los medios del planeta, en LX* pensamos que esto no sea más que una buena ocasión para hablar de ella y proponer ideas para que, una vez aposentadas esas cenizas, más de uno pueda hacer realidad su sueño de conocer en primera persona una de las islas más fascinantes del mundo, y en concreto desde estas líneas viajamos hasta el noroeste, a Ísafjördur, en la zona conocida como Westfjords…

VIAJE A LA ISLA FANTÁSTICA

Fotos: Álvaro Viloria y Westfjords

… A escasas millas del Círculo Polar Ártico, en pleno Atlántico Norte, se divisa el noroeste de Islandia, uno de los parajes más insólitos de Europa. La profunda tradición de los pescadores, las leyendas de los trolls y el calor que surge de la tierra son sólo algunos de sus ingredientes más fascinantes. Y con la primavera da comienzo la mejor época para descubrirlos.

El paisaje se condensa en cuatro colores absolutos que dominan toda la escena e impactan con nuestra retina. El aire es tan puro –salvo en ocasiones como la vivida recientemente en la isla- que casi da miedo respirarlo. Negro y verde en tierra. Un azul profundo en el mar. De repente, el blanco de las nubes lo envuelve todo y la vista se pierde en el horizonte. Pero en seguida retornan las figuras. Todo es color y pureza. Un escalofrío placentero recorre nuestra espina dorsal. En menos de un minuto afloran a la superficie un puñado de sensaciones y emociones provocadas por la cruda confrontación con esta naturaleza, salvaje y volcánica. Estamos en Islandia. Y el paisaje de Ísafjördur es el todo y la nada. Es la fuerza del negro que brota de las entrañas de la isla y se funde con el verde. Es el baile de las oscuras montañas al compás de unos fiordos que serpentean esta costa de ballenas, focas y frailecillos. Todo es muy armónico. Los silencios son rotundos y el tiempo parece no transcurrir de no ser por los cambios meteorológicos. Nos hallamos muy cerca del Círculo Polar Ártico y ya sólo la posibilidad de presenciar el espectáculo de la Aurora Boreal merece la pena el viaje.

Sus gentes son otro apartado que requieren especial mención. Desprenden un halo especial, desarmados ante la naturaleza volcánica que lo envuelve todo. Y sorprende la tranquilidad con la que se desarrolla su vida, en contraposición con la fuerza que se siente, que mana desde el núcleo de la isla. La región de Ísafjördur tiene unos 3.000 habitantes y todos se conocen. Sus apellidos indican ineludiblemente de quién es hijo o hija cada cual. Si se es varón, el apellido consiste en el nombre del padre acompañado de “son”, y si se es mujer el sufijo será “dottir”. Nosotros tuvimos la suerte de conocer en este remoto lugar a unos cuantos entrañables personajes dignos de ser contados. Como el señor Lobo –”Úlfar” en islandés– y su mujer, mecenas de los visitantes que se cruzan con ellos por estas apartadas coordenadas.

El matrimono vive en la mismísima falda de la montaña favorita de los Trolls, personajes muy presentes en la vida de todos por esta zona y, según afirman, responsables de las peculiares concavidades que presentan las montañas, a modo de tronos hechos a medida. También nos encontramos con una leyenda en vida, un pescador de nombre Geiri que, al poco de conocernos, ya nos estaba enseñando su antigua morada, llena de mar por todas partes. Una humilde y fría casa hecha en piedra a pie de playa, donde no hace tampoco muchos años pasaban las noches cinco pescadores.

Nos cuenta Geiri que, al alba, estos pescadores se echaban al frío mar en un barco de estilo vikingo. Y a su vuelta, en la casa siempre les acompañaba una doncella encargada de los menesteres domésticos. Allí secaban todo tipo de pescados –el más curioso el pez globo– y elaboraban gorros, zapatos y abrigos impermeables con pieles de vaca recubiertas de grasa de pescado. Y como este refugio era demasiado pequeño, seguían una pícara costumbre islandesa según la cual la doncella debía compartir lecho con el pescador más joven o, en su defecto, con el capitán del barco…

Geiri, tímido pero locuaz, no nos confirma si él era uno de esos pescadores. Él hace tiempo que dejó la vida de mar para dedicarse a una activiad más tranquila: explicar sus vivencias a quiénes recalan por el pueblo. Les hace entrar en la citada casita de techos cubiertos de musgo para enseñarles sus enseres de pescador rudimentario y ofrecerles un buen vaso de un aguardiente que les hace olvidar todos los vientos polares islandeses. Pero lo que no se le olvida jamás a uno es la experiencia vivida en estas tierras mágicas…

Ese recuerdo, junto al primer escalofrío que estremece el cuerpo de uno nada más aterrizar aquí, permanece tatuado en la memoria para siempre.

Más información práctica sobre este destino en la guía práctica de LX*.

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