El Hierro, una experiencia volcánica
junio 2, 2010 by Tomás
Lavas, olas, nieblas, roques, caminos de vértigo, troncos retorcidos, ocasos atlánticos, profundidades marinas, cubículos blancos… Son impresiones intensas y sin tregua, una experiencia volcánica que la isla de El Hierro deja en la retina y en la memoria de quien se aventura a recorrer la más remota de las Islas Canarias.
Fotos: Tomás Mata
En estos paisajes la presencia humana se antoja tranquila, austera y callada, e invitan a recorrerlos con el mismo ritmo. Y sin embargo, en el punto más alto de El Hierro, vislumbrando el círculo del horizonte desde los 1.500 m de El Malpaso, un sexto sentido nos alerta sobre la aparente calma de la isla. Estamos en el vértice de una gran pirámide volcánica que emergió impetuosa del fondo del Atlántico y luego se resquebrajó en dos, en un cataclismo que pudo provocar olas de más de cien metros de altura. En la isla hay 5oo conos volcánicos a cielo abierto y otros 300 cubiertos por lavas más recientes. Nunca son éstos paisajes suaves: magmas retorcidos, barrancos negros y gredas rojizas, como si las lavas nunca se hubieran acabado de enfriar. Desde El Golfo, la amplia bahía al norte de la isla, asciende de súbito una niebla fría que obliga a abrigarse y convierte en inverosímil el calor calcinante sufrido esa misma mañana en El Julán, una extensión desierta en la costa sur de la isla, sobre cuyas rocas dejaron los primitivos pobladores de la isla, los llamados bimbaches, unas inscripciones todavía enigmáticas. Es el mismo viento que, por constante, hace que en El Sabinar los troncos crezcan retorcidos y pegados al suelo.
Sobre el mapa El Hierro podría parecer una de esas islas dibujadas cuando éramos niños, escondiendo tesoros o imaginando mundos ideales: en el centro una gran montaña, al norte una bahía fértil, al sur un puerto resguardado de los vientos, al oeste un faro… Todo eso toma en El Hierro los nombres de Malpaso, El Golfo, La Restinga y el faro de Orchila, en una isla cuyos contrastes pueden ser inesperados. En la alta meseta de Nisdafe un pastor y su rebaño aparecen fantasmales entre una niebla septentrional. En El Golfo el perfume tropical embriaga entre cultivos de plátanos, papayas, piñas, malangas y todo lo que se pueda desear en un vergel paradisiaco. Y si se asciende por la ladera sur de la isla, los áridos lajiales se transforman en densos pinares, dehesas de pasto y, ya en la otra vertiente, en bosques de laurisilva con barbas de musgos y líquenes que se alimentan con la humedad de los alisios. El garoe, el árbol sagrado de los bimbaches, podía condensar la humedad del viento en sus hojas dotándoles de un elemento que en El Hierro es muy preciado.
RESERVA NATURAL
Vista desde el mar, con unos fondos muy apreciados por los submarinistas, la isla aparece como un bloque alargado de costas duras y abruptas, con farallones que ascienden hasta mil metros, contra los que se estrellan las olas espumeantes, más blancas cuanto más oscura es la roca. Aquí hay que olvidar las ampulosas playas de arenas blancas y buscar la intimidad de pequeñas calas renegridas, frente a un océano a veces bravo, donde podremos sentirnos naúfragos o primitivos. En El Hierro el contacto intenso con las fuerzas de la naturaleza está garantizado.
Afortunadamente, grandes extensiones de la isla han pasado a ser protegidas por la Unesco como Reserva de Biosfera: Mencáfete, donde se encuentra una de las mejores muestras de sabinar húmedo canario; Los Roques de Salmor, firmes testigos de la erosión marina; Tibataje, un espectacular acantilado única localización conocida del lagarto gigante de El Hierro (Gallotia Simonyi Machadoi), auténtico fósil viviente en peligro de extinción; y La Reserva Marina de La Restinga, núcleo pesquero del litoral sur de la isla, cuyo entorno marino se conoce como Mar de las Calmas, de fondos abruptos y aguas claras y cálidas. A estas zonas se han añadido otras con menor grado de protección y, en general, en toda la isla se aprecia un grado de conciencia ambiental que agradecerá quien escoja El Hierro como destino.
CAMINOS DE VÉRTIGO
Algunos datos, como que parte de la isla no dispusiese de red eléctrica hasta hace apenas dos décadas, confirman la sensación que en El Hierro el tiempo haya transcurrido más despacio que en el resto de las islas canarias. Cualquier desplazamiento entre las poblaciones principales de la isla, Valverde y Frontera, requería subidas y bajadas de media jornada a pie o en burro por peligrosos y vertiginosos caminos. Hoy son recorridos por los excursionistas que disfrutan de espectaculares vistas en los miradores de Jinama o de La Peña.
Éstos eran los caminos de la “Muda”, el rito de la transhumancia con el que familias, muebles, animales domésticos y rebaños vivían el ciclo agrícola anual y que, junto a la Bajada de la Virgen de los Reyes, cada cuatro años, eran la base de las relaciones sociales entre las diferentes poblaciones de la isla. Así surgieron amistades, negocios y bodas, y quizá sea por eso que todavía hoy en El Hierro todos se conocen o están emparentados de una u otra forma.
La construcción de la carretera que desciende a través de los bosques de laurisilva y el túnel entre estas dos poblaciones ha ido rebajando ese trasiego vertical sin el que la isla no puede ser entendida.
Entre el arriba y el abajo, entre las cumbres y la costa, se encuentran pueblos de casas ortogonales, blancas, que deslumbran en las laderas oscuras o contrastan con los verdes pinares y los azules límpidos del cielo y el mar. Son pueblos tranquilos, como El Pinar, de mucha tradición artesana, donde la vida transcurre pausada.
El Hierro fue isla de destierro y colonización desde que en 1402 Jean de Bethencourt recalara en ella. Castellanos, andaluces y vascos sometieron a los bimbaches, los vendieron como esclavos y los desposeyeron de sus tierras, hasta hacer desaparecer totalmente a esta primitiva sociedad aborigen.
Ptolomeo fijó en El Hierro su meridiano cero, el fin del mundo conocido, y esta fue referencia cartográfica hasta la proclamación de Greenwich, en 1883. Pero el valor estratégico de la isla como último bastión en la navegación hacia América nunca hizo rica a la isla. En el Ecomuseo de Guinea, cerca de Frontera, se han reconstruido las casas de piedra seca y techo de colmo en las que se vivía en la isla hasta bien entrado el siglo xx. No extraña que muchos jóvenes herreños prefirieran aventurase hacia Venezuela o Cuba, aunque las familias siempre mantuvieron sus vínculo regresando a La Bajada de la Virgen o, ya mayores, a disfrutar de su jubilación. Por eso, en el habla de la gente, en el gesto y los modales, podemos reconocer fácilmente el otro lado del Atlántico. Los caminos en El Hierro son, muchas veces, caminos de ida y vuelta.
INFO LX* Una de las propuestas turísticas de Islas Canarias en 2010 está dedicada a la diversidad volcánica del archipiélago, con las particularidades que presenta cada una de las islas. En todas ellas y en torno a sus volcanes también existe un mundo único presente en su gastronomía, paisajes agrarios, viticultura, senderos, alojamientos con encanto y extraordinarias actividades al aire libre. Islas Canarias Volcanic Experience es el sello de calidad que señala el compromiso de hoteles, casas rurales, albergues, restaurantes, centros de actividades, museos y parques de las Islas para poder disfrutar plenamente de su naturaleza y vida de una forma respetuosa con el medio ambiente y sostenible con las poblaciones locales.










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