Top

JAMAICA NATURAL

febrero 25, 2011 by  

jamaica-lugaresexquisitos-th2De White Sands a Ocho Ríos pasando por Negril y Montego Bay: sol, playa, montañas, ríos y una pequeña colección de hoteles con alma. La variedad y las buenas vibraciones están aseguradas. Esto es Jamaica.

FRAGMENTOS DE MADERA, AGUA Y FUEGO

Un cartel en el aeropuerto reza, Out of Many, One People, de muchos, un pueblo. Queda claro, nada más aterrizar, que el mestizaje racial y cultural es de las señas de identidad de la que más orgullosos se sienten los jamaicanos, junto a su rica naturaleza, que también decora y llena de color las paredes de la terminal de llegadas. Pasamos el control de policía del aeropuerto de Montego Bay –Mo Bay para los locales– y nos recibe Wayne Sterling con un sonoro Yeah man!. Él será nuestro mecenas durante el recorrido. Nos saluda con una inmaculada sonrisa que destaca sobre su oscura piel y que no deja ver ningún atisbo de molestia o cansancio, a pesar de que nuestro vuelo llega con retraso y es algo tarde. «Yaman», que es realmente como suena, es el grito de guerra de la isla, el saludo más repetido y la expresión que denota cuál es el fondo del carácter jamaicano: positivo, abierto, alegre.

Tierra de madera y agua
A partir de este saludo comenzamos la ruta por las tierras del oeste de Jamaica, pues Sterling nos conduce a través de la noche hasta White Sands, lugar de playas merecedoras de este apelativo inglés (arenas blancas). Y con el nuevo día, podremos ver también parte de la cara más desconocida de Jamaica, la que se aleja de su costa y se pierde por su selva.

Durante el camino nocturno hacia White Sands hacemos un breve repaso de la historia jamaicana. Es una de las islas más grandes del Caribe, detalle que la hace firme candidata a poseer más variedad que otras de sus vecinas. Es tierra fértil y hermosa. Descubierta por Cristóbal Colón en mayo de 1494, toma su nombre de los indios tainos, Xaymaca, cuya traducción literal sería «la tierra de la madera y del agua». Por ella han pasado, además de colonos, muchos piratas, corsarios, esclavos y terratenientes, legando a la isla un pasado con muchos pasajes turbios y difíciles, hasta que por fin logró virar su destino con el fin del siglo XIX y, ya en el siglo XX, llegó su independencia, el nacimiento de Bob Marley y el reggae, espaldarazo definitivo para lanzarla a la actualidad y lograr que muchos fueran capaces de ubicarla en el mapa, bajo Cuba.

7 Miles beach

7 Miles beach

Hoy sus habitantes no reniegan de sus raíces indígenas, africanas, esclavistas, coloniales, caribeñas… ni de las peculiaridades que todo ello ha aportado a su cultura, a su visión de la vida y a su interpretación de la religión. Por supuesto, los jamaicanos también sacan pecho cuando se habla de lo que el país ha dado al mundo, algo en lo que todos los isleños coinciden en preguntar al forastero: ¿qué se conoce de Jamaica en Europa? La religión rastafari –cuyos seguidores creen en la divinidad de Haile Selassie, antiguo emperador de Etiopía–, el reggae y su particular dios, Bob Marley, conforman seguramente la primera imagen que le viene a uno de esta isla. Es parte del espíritu jamaicano, y se aprecia en cada rincón, en cada mirada. Por eso no nos sorprende que el One love de Marley —y sus múltiples reinterpretaciones— sea la consigna que más escuchamos a lo largo y ancho de la isla, convirtiéndose en la banda sonora de nuestro particular road trip.

Afortunadamente, Jamaica va mucho más allá de sus tópicos, de su pasado colonial, del reggae, del ron y del café de sus montañas y, aunque bien es cierto que sus costas pertenecen cada vez más a grandes cadenas hoteleras, ella ofrece mucho más que vacaciones de pulsera. Es capaz de sorprender.

Naturaleza sin límites
Amanece temprano en la isla y el calor no tarda en cobrar un protagonismo absoluto: es húmedo y persistente. De nuevo en la carretera, hoy a plena luz del día, podemos apreciar con todo lujo de detalles la exuberante flora que apenas respeta los límites del asfalto. Bambús, papayas, flamboyanes, mangos, cocoteros, árboles del pan, el famoso pimentero de Jamaica… vamos en busca del verde, del agua, de la madera, es decir, de la selva que aguarda en su interior. De modo que Wayne nos conduce por carreteras sinuosas y salvajes hasta un lugar llamado Mayfield Falls donde se puede realizar una excursión por el cauce del Mayfield, uno de los innumerables ríos de Jamaica, lleno de lugares que explorar, entre rápidos, pozas y remansos. Allí se descubre también cómo viven varias familias a la vera del río, felices cultivando algún huerto y criando gallinas a la par que atienden a los visitantes con una oferta saludable y campestre: excursión río arriba, senderismo por la montaña y comida auténtica jamaicana, simple y sabrosa, sin más.

Negril

Atardecer en Rick´s Café

Atardecer en Rick´s Café

Más tarde, el primer atardecer sobre la isla nos sorprende en el mítico Rick´s Café, que se extiende sobre unos acantilados de vértigo por los que un grupo de jóvenes locales se lanzan insistentemente una y otra vez, haciendo piruetas desde un grupo de estilizados árboles. Es el «más difícil todavía», pues si desde el acantilado la altura ya es digna de mención, desde lo alto de unas aparentemente endebles ramas de árbol, la cosa produce vértigo sólo de pensarlo. Ellos entrenan para su público a diario y saltan al vacío al caer la tarde, momento en el que el escenario natural del Rick´s Café adquiere una atmósfera más sugerente todavía. No sólo ellos pueden jugarse la vida: todos pueden probar suerte y medir su valor desde un trampolín que desafía al acantilado, claro que los comunes mortales que desean probar la experiencia —entre los que no me incluyo, pues ni se me pasa por la cabeza semejante idea y mucho menos en el inicio de un viaje— pasan por amateurs ante los maestros de esta danza acrobática con grandes dotes para lo temerario y espectacular. El show está servido.

Como contrapunto, y no muy lejos del Rick´s Café, descubrimos un pequeño hotel llamado Tensing Pen. Desde la estrecha carretera que conduce a él casi ni se intuye su presencia, pero al pasar la barrera de entrada, y tras la frondosa vegetación que lo oculta, se revela a la vista un lugar muy especial compuesto por 15 cabañas de madera orientadas hacia el mar.

Son refugios dueños de un encanto sencillo y sublime, natural y tranquilo. Algunas de estas casitas quedan camufladas entre la vegetación y otras parecen casi colgar de los árboles, elevadas para ofrecer vistas hacia el azul. Es un lugar que despierta la imaginación, especialmente la de aquellos con espíritu aventurero y un punto de Peter Pan en su corazoncito. Así que no nos resulta nada difícil imaginarnos un merecido final de jornada en este hotel, escuchando el batir de las olas contra las rocas, a escasos metros de las cabañas… Pero en nuestro caso, debemos proseguir la ruta hacia Montego Bay, pero antes el chef del Tensing Pen nos invita a espiarle en la fase final de preparación del plato del día, que no es otro que la especialidad nacional: jerked chicken.

Jerked chicken
Un interesante episodio en una primera incursión por tierras jamaicanas es el de la preparación de sus barbacoas, que en absoluto tienen porqué estar faltas de pompa y glamour, pues hasta en los mejores restaurantes y hoteles de lujo las preparan con suma delicadeza y pasión. La especialidad de la que se sienten más orgullosos es el pollo a la brasa untado en una salsa especial llena de especias y llamada jerk. A partir de este plato tan sencillo construyen su universo culinario, en el que tampoco faltan platillos de influencia inglesa, aliñados con la curiosa salsa Pickapeppa, las frutas caribeñas propias de estas latitudes y bebidas como el ron Appleton, el café de las Blue Mountains (nombre de cuento de hadas, ¿no?) o el archiconocido licor Tía María. Y para cerrar un buen puro Macanudo, de rima fácil y fama mundial.

Pollo con jerked sauce

Pollo con jerked sauce

Entre Montego Bay y Ocho Ríos, nos detenemos en un restaurante para hablar con su chef acerca de la preparación del jerked chicken y las demás carnes a la brasa, mientras vemos sobre la marcha cómo las trata con maestría: el tipo en cuestión mide más de dos metros de alto —y casi lo mismo de ancho—, tiene unas manos tan grandes como sartenes y maneja unos cuchillos de infarto como si fuera Copperfield, sin embargo, lo mejor viene cuando nos abren las puertas traseras del restaurante y vemos cómo su equipo carga y descarga increíbles piezas de ternera y cerdo como si de livianos pollos se tratara. Pero volvamos al chef de la salsa jerked, según nos cuenta, el secreto de su preparación pasa de un cocinero a otro y jamás se revela a un forastero, y mucho menos a un periodista, aunque lo que sí podemos averiguar es que viene de lejos: escondidos en las montañas, los cimarrones, esclavos huidos a la selva y las montañas, no tenían demasiadas herramientas ni medios para conservar los alimentos. Por eso se las ingeniaron para adobar la carne con especias y ungüentos que facilitaban su conservación y enriquecían su sabor. Una solución universal, sencilla y práctica que en este país se ha convertido en parte protagonista de su plato nacional. En definitiva, carnes a la brasa muy sabrosas y que, a pesar del calor y la humedad sofocante, sientan de maravilla acompañadas de una Red Stripe bien fresquita, la cerveza nacional.

Al son de la fe
Otro aspecto que merece la pena destacar, y que a nosotros nos dejó sin palabras, es la religión, que juega un importante papel en la vida diaria de la práctica totalidad de los jamaicanos. Las iglesias, en su mayoría anglicanas episcopales, gozan de muchos fieles que acuden a misa como marca la tradición: vestidos con sus mejores galas. Ellas parecen recién salidas de la peluquería, van con tocados, tacones y coloridos vestidos que recuerdan la estética de los años cincuenta. Ellos visten trajes demodé, tampoco muestran prejuicios hacia los colores más llamativos y muchos los adornan con sombreros de ala ancha. El espectáculo de gentes es sorprendente y el buen humor reina en todo el recinto, que se va llenando por momentos. Todos parecen ir de boda, incluidos los niños, por muy pequeños que sean. Y todos mantienen silencio y prestan atención a las palabras del predicador. En el interior no hay altares, ni imponentes cuadros, lámparas o elementos decorativos; el espacio es modesto, sólo hay grandes filas de bancos y una especie de estrado en el que se mantiene el orador u oradora —como en el caso que presenciamos— mientras que en un lateral lo propio es encontrarse con la banda de música, que se arranca en la fase final del rito, cuando todos en pie cantan al señor y le dedican preciosos blues, muchas veces improvisados por completo.

Todo esto lo pudimos presenciar un domingo en el que Wayne nos condujo, previa petición, hasta una de esas modestas iglesias para poder ver todo el ambiente que envuelve al ritual de las misas cantadas. Son auténticas celebraciones musicales y puestas en escena en las que no sólo el párroco lleva la voz cantante: cada uno aquí tiene la oportunidad de contar su historia en voz alta, de compartirla para extraer la lección moral o de dar ese consejo que quizás deseen transmitir a otros de los fieles que escuchan atentos. Los apretones de manos y besos se repiten entre cánticos y sermones. Y muchos incluso entran en trance mientras murmullan sus oraciones una y otra vez, en una lengua ancestral, inteligible. Desde luego muy distante del inglés. La experiencia es a todas luces embriagadora y no es necesario entender toda la «mecánica» para que la emoción aflore.

Ocho Ríos y el Jamaica Inn
En Ocho Ríos encontramos impresionantes mansiones de origen colonial, al parecer muchas pertenecen a estrellas del rock y del cine que han decidido buscarse aquí un refugio caribeño. Desde luego, escenarios por los que perderse no le faltan a este rincón de la isla. Es otra de las localidades jamaicanas que ha mantenido el nombre en castellano, aunque hay algo en él que falla, pues los españoles no hicieron referencia al número de ríos de la zona —además realmente no son ocho— sino al caudal: Las Chorreras, que hoy denominaríamos más bien «las cascadas», y que extrañamente los ingleses lo cambiaron por Ocho Ríos y de ahí al popularmente extendido nombre de «Ochi»…

Terraza del Jamaica Inn

Terraza del Jamaica Inn

Nuestra meta es el Jamaica Inn, una institución cuya fama se extiende allende los mares y se alimenta desde hace varias décadas, hasta llegar a los años cincuenta, cuando prácticamente lo inauguraron Marilyn Monroe y Arthur Miller en su luna de miel. Ellos fueron los primeros invitados mediáticos, después han venido muchos otros, pero no profundizaremos más en este asunto, pues parte fundamental del encanto de este lugar es la libertad que se respira en cada rincón y la naturalidad y el anonimato del que todos disfrutan cuando pasan aquí unos días. Al igual que el anterior alojamiento, el Jamaica Inn se encuentra medio escondido tras la vegetación, después de haber cogido un desvío de la carretera principal a la salida de Ocho Ríos. Allí nos espera la carismática Mary, general manager del hotel, con su inconfundible perro, I&I, su querida mascota y por ende la de todos los huéspedes que tenemos la fortuna de pasar por este lugar.

En pocos hoteles se personaliza tanto el trato y se respira a todas horas una atmósfera tan agradable. La propiedad invita a ello: es una antigua casa colonial que transmite calidez, ha sido restaurada y ampliada recientemente —incluyendo la construcción de cuatro villas independientes—, y está orientada hacia un jardín que acaba en una pequeña e inmaculada playa privada. Ofrece sin vacilaciones el peligro de no querer salir de sus dominios, de hecho, muchos de sus clientes nos confesaron haber sucumbido a sus encantos sin sentir la necesidad de ampliar horizontes. Y conseguir eso, con habitaciones liberadas de televisores, dvd´s, equipos de música ,y cualquier otro tipo de avances tecnológicos propios de los tiempos modernos —salvo el aire acondicionado—, tiene mérito. Precisamente son estos detalles los que enriquecen su encanto y su magia.

Cae el sol y la terraza del Jamaica Inn se torna exquisita, cambia los pareos por los trajes de noche y los zapatos de tacón. Cada atardecer, Mary asume las funciones de perfecta anfitriona y atiende a sus «invitados», pues ella los considera así. Las veladas son el momento para las relaciones sociales y el intercambio de opiniones cóctel en mano, marca de la casa. En esta ocasión, sí pudimos disfrutar de varias veladas acompañados por Mary y otros huéspedes, la mayoría norteamericanos, europeos y australianos, todos ellos interesantes personajes con historias que contar. Finalmente, tras varios días allí alojados, coincidimos en concluir que el Jamaica Inn actúa como refugio y embajada independiente, un imán situado en tierra extranjera que atrae por igual a gentes de todo el mundo, y que cuando llega el momento de partir, lo hacen cambiadas y con una sonrisa que tardará mucho en desvanecerse.

El refugio de James Bond
Cerramos el viaje con un último tesoro que encontramos en la localidad de Oracabessa, no muy lejos de Ocho Ríos. Hasta allí acudió Ian Fleming buscando seguramente la calma tras la Segunda Guerra Mundial. Y fue en la residencia que hoy forma parte del llamado Goldeneye, —un exclusivo concepto vacacional de alquiler de villas— donde crearía a su gran personaje, James Bond. Desde su despacho en este paradisíaco Goldeneye —cuyo escritorio aún se mantiene casi intacto, con sus anotaciones y fotografías— Ian pudo echar mano de sus recuerdos y beber de su interesante experiencia laboral —fue, entre otras cosas, corresponsal de Reuters, oficial de alto rango del servicio de inteligencia naval británico durante la Segunda Guerra Mundial y redactor jefe del área de política internacional del periódico The Sunday Times— para crear al más carismático agente secreto.

Villa Royal Palms en Goldeneye

Villa Royal Palms en Goldeneye

Los jardines y espacios abiertos de este rincón de la isla son difícilmente descriptibles, por perfectos e idílicos. Lo que no resulta complicado es entender porqué Fleming, tras viajar toda su vida, acabó decantándose por este nido de comodidad y lujo natural. Aunque a mí, durante el día que permanecimos recorriendo los dominios del Goldeneye —con ríos y playas comprendidas, además de innumerables villas de madera repartidas entre la extensa vegetación del lugar—, me resultó mucho más fácil imaginarme a cualquiera de las encarnaciones cinematográficas de Bond, disfrutando de su martini con vodka en la terraza del bar o saliendo del mar en la pequeña cala privada situada a escasos metros de la villa de Fleming: desde luego, nada mejor que vivir en un escenario de película, especialmente si, como en este caso que nos ocupa, la realidad supera a la ficción. Así es Jamaica, con sobrada capacidad para sorprender al más escéptico.

  • Para ver nuestra guía práctica de este viaje, pincha aquí.

COMENTA ESTA NOTICIA
y comparte tus ideas con los demás viajeros de LX*.

Tu debes ser logged in to post a comment.

Bottom