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LA ISLA Y EL MITO DE CAPRI

mayo 25, 2011 by  

villa-malaparteHan pasado más de 40 años desde que la imponente Loren se paseara con Gable por Marina Piccola y la magia de Capri no ha perdido ni un ápice de frescura. Alimentada por éstos y tantos otros mitos de todos los tiempos, nunca una isla tan pequeña ejerció tal poder de atracción sobre los mortales, que siguen recalando en ella en busca de sueños, glamour y esa sensación de eterno verano desenfadado en la que parece haber echado el ancla.



EL SUEÑO DE UN DÍA DE VERANO

Subir al monte Solaro es una buena forma de empezar un reconocimiento de la isla. Y llevarse una cesta con comida y refrescos para hacer un picnic sería lo más apropiado para disfrutar de las vistas y el aire fresco, además de sentirse contagiado por ese espíritu de dolce vita que aún sobrevuela el lugar y que lo impregna todo. Esto al menos es lo opinan los expertos en la materia con quienes nos reunimos la primera noche que llegamos a Capri. La cita se celebra en un restaurante de Marina Grande, en una terraza con vistas al puerto y con el rumor de fondo de alguna gaviota insistente y de los pescadores que comentan entre ellos cómo se les ha dado el mar ese día: ya se sabe que los italianos son más bien encendidos en el tono de sus conversaciones y los capriotas no son menos, por lo que sus cantinelas –en dialecto napolitano– acompañan nuestra cena como banda sonora. La primera impresión que nos llevamos de ellos es que son gentes sencillas y alegres, aparte de dicharacheras.

Volvamos al restaurante, se llama L’Approdo y allí preparan unos platos riquísimos a la par que sencillos, cosa que caracteriza y engrandece aún más la cocina local. Con un poco de tomate fresco, albahaca, orégano y fior di late –versión isleña de la mozzarella de búfala– son capaces de preparar unas pizzas difíciles de olvidar –por supuesto hechas en horno de leña– o su mítica ensalada caprese. Francamente pocas veces tan escasos ingredientes dan tanto de qué hablar. Aunque también, con la misma genialidad, elaboran otros platos más difíciles de plagiar: como sus milagrosas pastas frescas, especialmente las rellenas y acompañadas de los frutos de mar de temporada.

Anfitriones e invitados

Piscina del JK Place Capri

Piscina del JK Place Capri

En esta iniciación culinaria nos acompañan cuatro personas. Dos de ellas son nuestros anfitriones en el J.K. Place, el pequeño gran hotel que se asoma a Marina Grande. Es grande por todos los ingredientes que lo conforman y pequeño –y selecto– en cuanto al número de habitaciones que posee. Es el resultado de una original apuesta emprendida por Ori Kafra, joven promesa del sector hotelero que ya ha demostró cuál es su filosofía hotelera con otro hotel de gran éxito –e igual nombre– en Florencia. El J.K. Place introduce un nuevo concepto en Capri, el del hotel de lujo concebido como si fuera una residencia estival familiar. Además aporta nuevos, y necesarios, aires modernos a la isla.

Nuestros otros dos acompañantes son John Nevado, dueño de una singular empresa ubicada en Ecuador dedicada a la producción de rosas para príncipes –entre otros, los de España para el día su boda, nos asegura–, y Mia Ljungberg, que vive como una reina escribiendo en las mejores publicaciones de viajes sobre los más selectos hoteles del mundo. Ellos fueron quiénes nos aconsejaron la excursión a lo más alto de la isla, y aunque cierto es que el monte Solaro lo recomiendan todas las guías de viaje consultadas, ninguna de ellas menciona la feliz idea de celebrar un picnic con vistas panorámicas sobre los golfos de Nápoles y Salerno. Será el toque Traveler de Mia…

Colección de amantes

Amanece lentamente y la bruma matinal que cubre el horizonte azul va dejando paso a las formas montañosas y volcánicas que manchan de marrón los límites de la panorámica que ofrece la terraza del J.K. Place. El primer encuadre del día marca la postal perfecta que nos recuerda que hemos amanecido en Capri, al otro lado de la costa napolitana. Desde allí planeamos y dosificamos nuestro conocimiento de la que dicen ser una de las más bellas islas del planeta. Y es que las imágenes e historias que trascienden de Capri hacen que el común de los mortales piense en ella como en una divinidad. El cine, artistas, aristócratas, grandes magnates y excéntricos millonarios convirtieron estos escasos 10 kms cuadrados en los más exclusivos y tentadores de mediados del siglo XX.

Farallones

Farallones

Pero no fueron los primeros. Hay que remontarse hasta los tiempos de la grandeza griega –con Homero cantando a las sirenas de Capri– y romana –con el emperador Tiberio– para ser fieles a la cronología de los que se rindieron ante sus encantos. Sin embargo, el mito se forjó en el siglo XIX, cuando Europa empezó a experimentar el fenómeno de los viajes de largo recorrido y la fiebre por la búsqueda de experiencias con las que alimentar las almas hambrientas de poetas, pintores, aventureros, intelectuales y demás personajes de buena cuna. Franceses, británicos, alemanes, rusos. Políticos, escritores, filósofos, vividores… Nombres como Mendelssohn y Debussy, el poeta Rainer M. Rilke, Gorki y Lenin, la marquesa Anna Luisa Casati Stampa, sobre la que circulan curiosas excentricidades —como que aderezaba sus vestimentas durante sus cenas capriotas con una serpiente enrollada sobre su cuerpo—, u Oscar Wilde, cuya homosexualidad le acarreó algunos disgustos en el famoso y exquisito hotel Quisisana. Aunque más impactantes para la sociedad de entonces serían las andanzas del peculiar barón francés Jacques Fersen, quien construyó a principios de siglo XX la bella y neoclásica Villa Lysis, a la que acudía toda la flor y nata artística de paso por la isla, invitada a formar parte de unas fiestas siempre llenas de excesos y locuras.

Otros personajes que también vivieron su particular aventura capriota fueron Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Graham Greene o Pablo Neruda, además de Jackie Kennedy y el señor Onassis. La lista parece no tener fin. La magia que engrandece este destino, más allá de su belleza mediterránea, reside en los personajes que la han vivido. ¿Tan fuerte era el poder de atracción que ejercía este pequeño pedazo de tierra? Parece como si el mar que la separa de la tierra firme, le hubiera otorgado una independencia capaz de mantenerla al margen de convencionalismos y conformismos sociales.

Villas con historia

Vistas desde la villa de Munthe

Vistas desde la villa de Munthe

Nadie se ha entregado a la isla como lo hizo el médico y escritor sueco Axel Munthe, cuya memoria ciertamente es más positiva que la de Tiberio, el otro gran mecenas de Capri, del que se afirma que tiraba a sus esclavos, cuando ya no le resultaban útiles, monte abajo por un precipicio que se ha ganado a pulso el nombre del emperador. Munthe tenía en común con él su pasión por la isla y el hecho de haber construido en ella una gran villa para convertirla en el centro de sus operaciones vitales. Pero en el caso de Munthe, la proyección internacional de su figura ayudó a prosperar a la isla de una forma más humana, y por supuesto, sin derramamiento de sangre.

Hoy ambas villas se pueden visitar. La de Tiberio, Villa Jovis, ha llegado a nuestros días en forma de yacimiento arqueológico. Se encuentra en el extremo oriental de la isla, hasta donde sólo se puede ir a pie desde el pueblo de Capri y desde donde hay unas magníficas vistas hacia la costa sorrentina y positana. Por su parte, la casa fundación de Munthe, San Michele, está en Anacapri y sus vistas se decantan por el golfo de Nápoles.

Y por fin el cine

La mansión de Curzio Malaparte, obra racionalista del arquitecto Adalberto Libera —de la que el escritor Roger Peyrefitte diría que parece una langosta secada al sol, por su peculiar aspecto y su color rojo pompeyano, aunque también llevado por ciertas rencillas con el propietario—, es otra de las señas de identidad de Capri. En los años sesenta fue además escenario de la genial película de Jean-Luc Godard, «El desprecio» (Le Mépris), con una espléndida Brigitte Bardot.

Playa de Marina Piccola

Playa de Marina Piccola

Algunos años antes, Sofía Loren y Clark Gable habían paseado sus palmitos por la isla durante el rodaje de «Capri» (It started in Naples). Fue una época en la que, por motivos de rodaje o vacacionales, aquí se daban cita muchas otras estrellas de Hollywood. Ingrid Bergman, Audrey Hepburn, Rita Hayworth, Liz Taylor, Kirk Douglas, Jack Lemmon, Grace Kelly o Greta Garbo, por citar algunas. En los ochenta volvió a ser gran protagonista de la mano de la directora capriota Liliana Cavani, que adaptó la novela de Malaparte «La Piel» (La Pelle) y contó para ello con los actores Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale y Burt Lancaster.

Hoy, millonarios, aristócratas y artistas siguen siendo fieles amantes estivales de Capri. Muchos tienen su villa privada escondida entre arrecifes y vegetación. Otros se alojan en alguno de los lujosos hoteles, auténticas vacas sagradas de la hostelería italiana. Uno puede decidir esconderse del mundo en alguna de las exclusivas villas o dejarse ver por sus placitas y restaurantes.

Giusepe y los taxis descapotables

Tras el recorrido por villas y personajes, hacemos un alto en una terraza de Anacapri para tomar el primer cappuccino del día, antes de proseguir con la marcha, pues indefectiblemente aquí se viene a caminar. Giusepe nos ve y nos sonríe al instante, detrás del mostrador de su restaurante. Parece un hombre curtido y muy risueño que desde el primer momento refuerza nuestra impresión sobre el carácter de los genuinos lugareños. Pertenece a una generación que ya está de vuelta de estos tiempos modernos en los que Capri se ha convertido en meca de peregrinos cruceristas que abordan por horas la isla, ávidos de una fotografía que constate su paso por la célebre isla del glamour al más puro estilo italiano.

Resulta prácticamente imposible no sentarse en la terraza del restaurante de Giusepe, I Due Pini. Está situada en la encrucijada entre la vía Axel Munthe, que conduce hasta la Villa San Michele, y la «seggiovia», que transporta pasajeros hasta la cima más alta de la isla, el tan citado monte Solaro. Giusepe nos invita al café mientras nos enseña las fotografías en blanco y negro que, con unos enormes modelos de taxi descapotables de los años cincuenta, nos recuerdan esa época en la que los isleños descubrieron el potencial de Capri como destino hecho a medida de la dolce vita y los Romeos y Julietas estivales. Y Giusepe aún mira a su pequeña isla de la misma forma, con el mismo amor.

Obstáculos terrenales

Ahora que todo es en color, se constata que su belleza es la misma, aunque quizás los taxis, que siguen siendo modelos de Fiat descapotables, ya no desprendan el mismo encanto. Junto a unos peculiares minibuses naranjas y motos de alquiler, son los únicos medios de transporte aptos para las sinuosas y estrechas carreteras que suben y bajan las colinas y que comunican los cuatro ejes de la isla. Una estampa de lo más sugerente, que sólo admite vehículos estrechos y hábiles conductores. Dicho lo cual, la mejor forma de descubrir Capri es a bordo de un yate, para acudir a las calas más recónditas y ser parte integrante de los escenarios más hermosos: los farallones y escollos, la Punta de Massullo, la de Ventroso, la de Tuono… y tantas otras rocas calcáreas.

Via Vittorio Emanuele

Via Vittorio Emanuele

En tierra firme, uno debe saber que le esperan largas caminatas para alcanzar los diferentes puntos de interés, como el mirador de Tragara, la peculiar Villa Malaparte, el Arco Natural, la Villa Jovis, la Torre Materita, el faro de Punta Carena o el recorrido por los fuertes levantados en su punta occidental, que sirvieron en una época remota para otear el horizonte y anunciar con suficiente antelación la llegada de intrusos y piratas. El más temido fue con toda seguridad Barbarroja, que aterrorizó todo el Mediterráneo cristiano y en 1535 no pudo hacer menos con este pequeño tesoro de isla que, al fin y al cabo, según hemos podido comprobar estos días, es bastante más terrenal que divina.

1 Comentario a “LA ISLA Y EL MITO DE CAPRI”

  1. Alessandro el 18 enero 2010, 6:28 pm

    …la vista desde los Farallones es impresionante. La isla es muy pequeña, pero hay mucho que ver! Y los isleños son amables, a su manera medio napolitana, claro…

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