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Hoteles para descubrir en pareja

febrero 6, 2014 by · 3 Comments 

Cada año por estas fechas empieza a caldearse el ambiente con el tema del amor y el día de los enamorados, lo que nos brinda la excusa perfecta para elaborar una lista de hoteles con encanto elegidos por su romanticismo, su encanto y su discreción. Read more

GRAN CANARIA RURAL

septiembre 20, 2012 by · Leave a Comment 

Hay ocasiones en las que sólo se necesita sentir el silencio. Observar el lento declive del sol sobre el horizonte mientras ponemos en orden nuestros pensamientos. En esos momentos en los que el cuerpo le pide a uno tranquilidad, no hay nada mejor que escapar a una isla, y si esa isla es volcánica y asemeja un pequeño y compacto continente, pues mucho mejor.
Panorámicas de altura
El corazón grancanario está lleno de fuerza, de contrastes y de silencios. No hay más que abrir los ojos. Sentarse en lo alto del mirador de La Degollada de Becerra (muy a pesar del nombre) mientras, escoltados por el roque Nublo (símbolo totémico de Gran Canaria, con un altura de 1.732 metros) y el de Bentaiga (que alcanza los 1.400 metros), el sol se oculta en la dirección de la vecina Tenerife. Entre el fuego y el mar, parece que sólo queda espacio para imponentes rocas y hermosas nubes de un blanco extremo. Con suerte se divisa también el Teide y no muy lejos del lugar en el que nos hallamos, se siente también la presencia de otro de los imponentes picos de Gran Canaria, el de mayor altura, llamado de las Nieves, con 1.949 metros de altura. Pero no sólo hay rocas en esta panorámica: estamos rodeados de vida en forma de una exuberante flora, y la calidad del aire de montaña, fresco y libre de la humedad experimentada en otros rincones de la isla, limpia profundamente.
Entre Tirajana y Agaete
Quizás sea ésta la mejor forma de intimar con Gran Canaria, desde su corazón geográfico, para proseguir después el viaje con un descenso hacia sus pueblecitos más perdidos, anclados en un ritmo de vida despreocupado y alegre. Valles en los que se van escalonando terrenos con cultivos dispuestos en bancales, carreteras insultantemente estrechas y unas presas que retienen unas aguas que, a simple vista, me recordaron a algunas de las que pude ver en Islandia, por su curioso verde encendido. Estamos siguiendo el itinerario que nos recomiendan para ir de Tejeda hasta San Nicolás de Tolentino, o viceversa. Es la “ruta de las Presas” y desde luego, merece la pena. Para llegar hasta allí, dejamos el Atlántico a nuestras espaldas y los pinos del Parque Natural de Tamadaba a un lado. Ascendimos lentamente y no sin una cierta sensación de mareo. Pero insisto, que nadie renuncie a la experiencia.
El interior de la isla está dominado por los barrancos de Tirajana y Agaete, que son básicamente quiénes determinan el enorme contraste de ecosistemas existente entre el norte y sur. Los barrancos se escurren desde el centro hacia la periferia y siguen el sentido que les impone el macizo de Los Pechos, de noroeste a suroeste. Un compás perfecto que parece respetar esta carretera, pues la naturaleza manda, y si los desniveles a medida que avanzamos cada vez son mayores, no queda más que amoldarse.
Contrastes
La vida rural, en el sentido más auténtico de la palabra, nos sorprende a escasos kilómetros de uno de los mayores núcleos turísticos de Europa, Maspalomas, aunque a bastante altura por encima del mismo. Al hacer un alto en Fataga damos por zanjada la idea de que esta isla es en realidad muchas. De repente, nos vemos trasladados a una realidad anclada en un estilo de vida añejo, lo que no impide que la gente esté conectada a Internet o que los niños jueguen con la Play Station, sencillamente parece que de forma voluntaria hayan decidido instalarse en un tempo en el que no existen las prisas ni los atascos, donde los días son largos y donde no reina el hormigón ni las masificaciones sino los campos con viñas, albaricoqueros, nísperos… y una arquitectura típica isleña recuperada, donde las casas mantienen sus populares balcones hechos en madera.
Magüi y los marqueses
Hablar de los balcones canarios hace que recuerde inmediatamente la “casa” de Magüi, en la aldea de La Lechuza. En realidad es un precioso hotel rural que ocupa una antigua casona con un gran balcón asomado a las palmeras del jardín. Es el lugar idóneo para apagar el móvil durante unos días. Aunque también es perfecto para recordar sensaciones de la infancia, pues Magüi reúne a todos los huéspedes en el comedor común, como si fuéramos una familia de vacaciones, para degustar platos caseros que llevan el sello de “hecho por la abuela”, una distinción que no se otorga a la ligera a cualquier restaurante, pero en este caso lo merecía. Fue muy especial.
Otra visita que se me quedó grabada fue la de Las Longueras, una antigua hacienda ubicada en unos terrenos situados al pie del valle que hay próximo a Tamadaba, hacia el interior de Agaete, donde, por cierto, me impresionó comprobar lo que en realidad todos sabíamos, que el Dedo de Dios ya no está, pues se lo llevó un temporal hace tiempo. Afortunadamente yo ya lo había visto en varias ocasiones y reconozco que lo que más me impresionaba era el nombre, por encima de la supuesta forma de mano de la roca. En cualquier caso, el entorno sigue atesorando una fuerza volcánica impactante, en parte supongo que por la negrura absoluta de las montañas y la fuerza del océano que bate a sus pies, un conjunto que logra que todos nos sintamos ínfimos.
Pero volviendo a la villa, de un rojo pompeyano bien hermoso, he de decir que no desmerece a ninguna de esas mansiones de época que protagonizan películas históricas. En este caso, sería con el toque de denominación de origen grancanario, pues el terreno parece un edén a los pies de un negro barranco. Impone y atrae al mismo tiempo. La mansión se alquila cuando sus aristocráticos dueños no requieren de sus estancias, y en el trato se incluye un servicio en el que, de nuevo, destaca la cocinera, veterana de alto rango entre los fogones.
Notas de viaje
De Agaete saltamos hasta los pueblos de Vega de San Mateo y Teror, pues durante ese recorrido nos sucedieron dos anécdotas que deseo compartir para transmitir mejor el alma de esta isla. La primera fue la visión de dos hombres bien viejos y bien curtidos que, a la sombra de un buen eucalipto, en plena curva de la carretera nacional y apoyados sobre el quitamiedos, charlaban animadamente acerca de las novedades del pueblo: quién se ha casado con quién, qué ha sido del hijo de la panadera y, por supuesto, quién se ha muerto recientemente. Allí estaban, ajenos al peligro, o más bien insultándole, pues no parecían tener muchas ganas de cambiar de ubicación, a pesar del peligro. Me dijeron que, mi niña, por ahí no debía pasar nadie a gran velocidad y que ellos no estaban a la sombra, sino entre sol y sombra, apurando la mañana hasta que llegara la hora del potaje, gran plato donde los halla, que sus señoras les prepararían ese día con mucho amor.
La segunda anécdota transcurrió esa misma mañana, cuando nuestra guía, previa consulta, nos desvió ligeramente de nuestro camino a Arucas, para poder saludar a su abuela. Una señora centenaria a quién no podía dejar de saludarla, aprovechando que pasábamos relativamente cerca de su casa. La señora estaba muy emocionada y verdaderamente orgullosa de su nieta. Se había hecho un moño y puesto sus mejores galas para invitarnos a un breve cafesito, sin importarle lo más mínimo que fuéramos unos extraños, de igual modo que a nuestra guía le pareció de lo más natural hacer una parada, a pesar de que estábamos trabajando… Los lazos familiares se tejen aquí con un tierno y poderoso hilo que no se rompe, y el afecto y respeto entre generaciones nos transmitió una emoción casi olvidada, y muy reconfortante. La gente es auténtica, directa.
Hacienda platanera
La última parada nos devolvía a la costa sin perder el sabor rural. En un inmenso mar de plataneras, dentro de los dominios de Arucas, hay una antigua hacienda platanera reconvertida en hotel rural de lujo. Este lugar, heredero del carácter terrateniente, aloja hoy a exquisitos turistas con más ganas de saborear la verdadera atmósfera de Gran Canaria que de compartir espacio con los que sólo ven las playas del sur. Un interesante contrapunto. Y es que esta isla parece tenerlo todo. Ruido y silencio. Historia y presente. Sólo hay que decantarse y saber mirar. Dejarse contagiar.

Una introspección hacia el interior de Gran Canaria nos revela escenarios en los que los días transcurren envueltos por un halo muy especial. Read more

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